viernes, 31 de julio de 2015

La gota malaya

La gota malaya es una técnica de tortura consistente en colocar al torturado en una habitación cerrada, tumbado boca arriba, atado en sus extremidades y fijada su cabeza para que no pueda girarla. El torturador deja caer constantemente, cada pocos segundos y durante días, una gota sobre su frente, de manera que el torturado no puede dormir y ni tan siquiera puede beber el agua que cae sobre él. Los efectos, a muy corto plazo, son devastadores psicológicamente, produciéndose incluso, en ciertas ocasiones, la muerte por paro cardíaco.

Pero no quiero hablar de técnicas de tortura, no vaya a ser que a algún lector se le ocurra aplicarlas cuando llame a su puerta, dada la situación económica que vivimos, el cobrador del frac.

Quiero hablar sobre la queja (un tema muy interesante que me propuso una amiga).
La queja, disciplina “deportiva” que todos practicamos en nuestro día a día, funciona como la gota malaya. Tenemos una variedad infinita de quejas.
Pondré algunos ejemplos:

- Mis vecinos son lo peor.
- Mi pareja no me escucha.
- Mi jefe me hace la vida imposible.
- Esta ciudad es una mierda.
- Los alimentos transgénicos van a acabar con nosotros.
- Nadie valora mi trabajo.
- Me están saliendo unos michelines horrorosos.
- La programación televisiva es espeluznante.
- Me gustaría ir a correr algún día, pero soy tan perezoso.
- La culpa de todo la tiene Mariano Rajoy.
- La culpa de todo la tiene el FMI.
- Y bla, bla, bla, bla, bla...

No dudo que muchas de estas afirmaciones hasta pueden ser ciertas, pero sé que la queja constante no va a cambiar aquello que tanto nos molesta. La gota malaya nunca fue muy útil en nuestra vida.

Existe otra variante de queja todavía más sutil ya que pone todo el énfasis en un de futuro mejor que nunca llega.
Vamos a trabajar los mismos ejemplos anteriores:

- Si mis vecinos fueran mejores yo sería más feliz.
- Si mi pareja me escuchara nuestra relación funcionaría mejor.
- Si mi jefe no me hiciera la vida imposible trabajaría mejor.
- Si esta ciudad no fuera una mierda no estaría pensando en emigrar.
- Si no existieran los alimentos transgénicos nuestra alimentación sería más sana.
- Si valoraran mi trabajo iría con agrado a la oficina.
- Si no tuviera estos michelines no me detestaría.
- Si la televisión fuera mejor, todos tendríamos más cultura.
- Si no fuera tan perezoso haría deporte.
- Si cambiara el gobierno todo iría mejor.
- Si nos cargáramos al FMI el planeta sería más justo.
- Y bla, bla, bla, bla, bla...

Entonces llega alguien y te hace preguntas:

-¿Por qué no hablas con los vecinos?
-¿Por qué no se lo comentas a tu pareja?
-¿Por qué no te reúnes con tu jefe?
-¿Por qué no emigras?
-¿Por qué no compras alimentos ecológicos?
- ¿Por qué no empiezas a correr?
-¿Por qué no desconectas la tele?
- Y bla, bla, bla ,bla, bla...

Y por arte de magia el “si” (“Si mis vecinos fueran mejores...”), se convierte en un “Y si...” o un “Es que...”. Es decir, la gota malaya sigue haciendo camino.
Veamos ejemplos:

-¿Y si hablo con mis vecinos y la cosa se pone peor?
-¿Y si hablo con mi pareja y no me hace caso?
-¿Y si me reúno con mi jefe y me despide?
-¿Y si me voy a Alemania y tampoco consigo trabajo?
-¿Y si empiezo a correr y me hago un esguince? Es que hace tanto tiempo que no
corro.
- Y bla, bla, bla, bla, bla...

Es un hecho: la gota malaya cae sobre nuestra cabeza todos los días. Lo que no sabemos es que el grifo que cierra ese goteo incesante está al alcance de nuestra mano. Y ese grifo no tiene forma de pensamiento, tiene forma de acción.

-Hablo con mis vecinos.
-Hablo con mi pareja.
-Hablo con mi jefe.
-Hago deporte.
-Como más sano.
-No veo tele basura.
- Y bla, bla, bla, bla, bla...

Todo cambio empieza en una acción.
Teorizar mola (que me lo digan a mi que estoy escribiendo estas palabras), pero hacer mola mucho más. Eso sí: sin esperar la recompensa deseada. Los resultados pueden llegar o no. Es más; casi seguro que los cambios no serán los deseados porque queremos que sean inmediatos, y en la vida las cosas suelen suceder poco a poco (al menos en el tema de los michelines).

Sólo de nosotros dependerá no entrar en el bucle de:
Lo ves, te lo había dicho...”.







































Edison hizo 1.047 pruebas para inventar la bombilla eléctrica. Le explotaron todas hasta que llegó la 1.048. Esa no explotó.
Los ayudantes se marchaban frustrados ante los "fracasos".
Uno de esos ayudantes, cuando llevaban 1.000 intentos, le preguntó:

-Sr. Edison, ¿no se siente frustrado ante tanto fracaso?

Y Edison le contestó:

- En absoluto; ya sé 1.000 formas de cómo no hacer funcionar una bombilla.

La queja es una elección.
La felicidad también.

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