¿Cómo empezó todo? Es una buena pregunta: ¿Cómo
empezó todo?
No lo sé.
Para responder recurriré a unas palabras que un día
pronunció mi padre.
Mi padre era alcohólico. Pero ojo, que nadie se
confunda; un alcohólico no necesariamente tiene algo que ver con
Stanley Kowalski, el furioso e iracundo personaje que Marlon Brando
interpretaba en “Un tranvía llamado deseo” gritando a las
puertas de su casa: “Stellaaaaa, Stellaaaaa”.
No, mi padre era una de las personas más dulces,
inteligentes y empáticas que he conocido, sólo que le costaba
comunicarse.
Un día le pregunté:
- Padre: ¿Cómo llega uno a convertirse en alcohólico?
Él se lo pensó unos segundos y contestó:
- Poco a poco. Uno no sabe lo que está haciendo y un
buen día se ha convertido en otra persona.
Brillante respuesta. Qué cabrón. Yo, por entonces, era
demasiado joven como para aceptar que la vida sucede poco a poco.
Cuando uno es inmortal cree con devoción en la famosa frase de James
Dean: “Vive rápido, muere joven y harás un bonito cadáver”. La
inexperiencia es muy mala consejera.
Es cierto que hay enfermedades de contagio inmediato.
Puede tratarse de un virus, una bacteria o un hongo. Se te mete
dentro y te infecta. Punto.
La fibromialgia y el SFC, en mi particular opinión y
sin que sirva de doctrina, se generan poco a poco, como las
adicciones. Es cierto que un día tu cuerpo estalla, se quiebra y no
te puedes levantar de la cama, pero uno sabe que los síntomas venían
de tiempo atrás.
A los cuarenta años yo repetía mucho una frase: “Estoy
cansado de estar cansado”.
Lo recuerdo a la perfección: “Estoy cansado de estar
cansado”- repetía una y otra vez.
Lo que no sabía era que lo peor estaba por llegar.
Aquello no era más grande que los síntomas de una gripe.
Fue a los cuarenta y siete años cuando un buen día, al
amanecer, sentí como si me hubieran metido unas barras de hierro en
los brazos y en las piernas y no pudiera articularlos. Pensé que
estaba muriendo. De verdad, creí que estaba muriendo.
Llevaba años acudiendo a médicos que me hacían
analíticas donde todos los parámetros salían normales. Un
parámetro normal, para un médico, es una verdad universal e
indiscutible. Los médicos, salvo honrosas excepciones, son seres
bastante frustrados porque en la universidad soñaban con salvar al
mundo de la malaria y poco después de acabar la carrera vislumbraron
que no sabían más que recetar Nolotil y cosas por el estilo. Sí,
los médicos suelen ser seres muy frustrados, y la frustración
genera impotencia, la impotencia genera miedo y el miedo genera
rabia, y no hay nada peor que un médico rabioso, por mucho que
intente disimularlo. Os aseguro que tengo ejemplos a capazos para
demostrarlo.
Me inflaban a Nolotiles y a Pharmaton Complex. Nada
funcionaba.
Fui cayendo en un pozo oscuro desde donde tenía que
rechazar trabajos, reuniones con amigos, citas con mujeres, cines de
verano y casi cualquier tipo de contacto social, ya que mi cuerpo me
pedía descanso a todas horas. Por más tiempo que durmiera nunca era
suficiente.
¿Estaba deprimido?- me preguntaba. Pero no, aquello no
era producto de una depresión, aunque muy bien podía provocarla.
Además la eclosión definitiva de la enfermedad
coincidió con la quiebra de la bolsa norteamericana gracias a los
“honorables” hombres de Goldman Sachs y sus hipotecas basura,
germen de toda la crisis posterior.
Empezaba a escasear el trabajo, mi trabajo, aquello con
lo que yo más disfrutaba.
Aun así, tuve suerte durante un tiempo y me salieron
encargos fotográficos por medio mundo. Incluso arrastrando el
cansancio viajé por La República Democrática del Congo,
Mozambique, Brasil, India, Noruega e Inglaterra. No sé cómo
aguantaba esas palizas.
Cuando volvía a casa necesitaba un mes para recuperarme
mínimamente. Menos mal que el trabajo de posproducción lo hacía
sentado frente al ordenador, en mi propia casa. Eso era un alivio.
Fueron años complejos y difíciles. La enfermedad me
mutó el cuerpo. Pasé de pesar sesenta kilos a engordar hasta los
ochenta y tres. Mi cuerpo se deformaba. Siempre había sido un tipo
delgado y ahora unas mollas espeluznantes asomaban al balcón de mi
cintura. Y uno es coqueto por naturaleza, joder.
¿Tenía que enfrentarme a esa mutación? Pues bien que
así sea -pensé- y empecé a experimentar con el autorretrato como
terapia para el “autoreconocimiento”.
¿Quién era ese tipo que me miraba desde el espejo?
¿Quién era ese desconocido tan sospechosamente parecido a mi?
Me dejé una barba canosa que me envejecía mil años.
¿Estaba envejeciendo a marchas forzadas? Pues vamos a
por todas. Si hay que hacer algo, hagámoslo bien.
Pero no resultó. ¿Por qué? Porque todo lo estaba
haciendo desde la rabia y el rencor. No aceptaba a ese acompañante
dolorosamente feo y enfermo. No aceptaba el tránsito por ese páramo,
sobre todo porque no sabía qué terreno pisaba. Arenas movedizas.
Tenía la sensación de haberme tragado, como Andrés Calamaro, una
bolsa de cemento.
Algunos de los pocos amigos que iban quedando me
soltaban frases tan afortunadas como: “Te estás poniendo hermoso,
eh”.
Pero estuvo bien. Aprendí algo importante; nunca digas
aquello que es evidente. Un gordo ya sabe que es gordo, un tuerto
sabe que es tuerto y un enano también sabe que lo es, no les hace
falta que se lo recuerdes.
Aprovechaba las noches de insomnio (que eran todas) para
captar la versión más patética de mi mismo. Qué subidón!!!
Empecé a consumir drogas, muchas drogas. No daré el
listado para que nadie se asuste y se me vaya del blog.
Escuchaba música que empastaba con las drogas tan bien como la salsa
tártara lo hace con el salmón a la plancha.
El tiempo me ha enseñado que la autocompasión no es
buena terapia, aunque tampoco es malo atravesarla para darse cuenta
de ello. Una vez conoces algo te puedes reír de ello.
¿Has caído en un pozo? Pues no te conformes con
conocer la superficie. No busques la luz, busca la sombra y conócela
de verdad. La auténtica esencia de un pozo está en el fondo, donde
el lodo te emponzoña los pies. Tarde o temprano saldrás, amigo. O
no, pero al otro lado nadie sabe lo que le espera. Estar vivo es un
milagro. Tú eliges.
Afortunadamente hoy he alcanzado algo de paz, no toda
pero la suficiente como para ver al ser que habité durante años sin
juzgarlo, e incluso sintiendo un enorme respeto por él y por el
trabajo que ha hecho.
Todavía no estoy curado. Tal vez no lo esté nunca,
pero desde aquí contemplo un horizonte prometedor y me gusta
compartirlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario