viernes, 10 de julio de 2015

¿Cómo empezó todo?

¿Cómo empezó todo? Es una buena pregunta: ¿Cómo empezó todo?
No lo sé.
Para responder recurriré a unas palabras que un día pronunció mi padre.
Mi padre era alcohólico. Pero ojo, que nadie se confunda; un alcohólico no necesariamente tiene algo que ver con Stanley Kowalski, el furioso e iracundo personaje que Marlon Brando interpretaba en “Un tranvía llamado deseo” gritando a las puertas de su casa: “Stellaaaaa, Stellaaaaa”.
No, mi padre era una de las personas más dulces, inteligentes y empáticas que he conocido, sólo que le costaba comunicarse.
 
Un día le pregunté:
- Padre: ¿Cómo llega uno a convertirse en alcohólico?

Él se lo pensó unos segundos y contestó:
- Poco a poco. Uno no sabe lo que está haciendo y un buen día se ha convertido en otra persona.

Brillante respuesta. Qué cabrón. Yo, por entonces, era demasiado joven como para aceptar que la vida sucede poco a poco. Cuando uno es inmortal cree con devoción en la famosa frase de James Dean: “Vive rápido, muere joven y harás un bonito cadáver”. La inexperiencia es muy mala consejera.

Es cierto que hay enfermedades de contagio inmediato. Puede tratarse de un virus, una bacteria o un hongo. Se te mete dentro y te infecta. Punto.
La fibromialgia y el SFC, en mi particular opinión y sin que sirva de doctrina, se generan poco a poco, como las adicciones. Es cierto que un día tu cuerpo estalla, se quiebra y no te puedes levantar de la cama, pero uno sabe que los síntomas venían de tiempo atrás.

A los cuarenta años yo repetía mucho una frase: “Estoy cansado de estar cansado”.
Lo recuerdo a la perfección: “Estoy cansado de estar cansado”- repetía una y otra vez.
Lo que no sabía era que lo peor estaba por llegar. Aquello no era más grande que los síntomas de una gripe.
Fue a los cuarenta y siete años cuando un buen día, al amanecer, sentí como si me hubieran metido unas barras de hierro en los brazos y en las piernas y no pudiera articularlos. Pensé que estaba muriendo. De verdad, creí que estaba muriendo.

Llevaba años acudiendo a médicos que me hacían analíticas donde todos los parámetros salían normales. Un parámetro normal, para un médico, es una verdad universal e indiscutible. Los médicos, salvo honrosas excepciones, son seres bastante frustrados porque en la universidad soñaban con salvar al mundo de la malaria y poco después de acabar la carrera vislumbraron que no sabían más que recetar Nolotil y cosas por el estilo. Sí, los médicos suelen ser seres muy frustrados, y la frustración genera impotencia, la impotencia genera miedo y el miedo genera rabia, y no hay nada peor que un médico rabioso, por mucho que intente disimularlo. Os aseguro que tengo ejemplos a capazos para demostrarlo.

Me inflaban a Nolotiles y a Pharmaton Complex. Nada funcionaba.
Fui cayendo en un pozo oscuro desde donde tenía que rechazar trabajos, reuniones con amigos, citas con mujeres, cines de verano y casi cualquier tipo de contacto social, ya que mi cuerpo me pedía descanso a todas horas. Por más tiempo que durmiera nunca era suficiente.
¿Estaba deprimido?- me preguntaba. Pero no, aquello no era producto de una depresión, aunque muy bien podía provocarla.

Además la eclosión definitiva de la enfermedad coincidió con la quiebra de la bolsa norteamericana gracias a los “honorables” hombres de Goldman Sachs y sus hipotecas basura, germen de toda la crisis posterior.
Empezaba a escasear el trabajo, mi trabajo, aquello con lo que yo más disfrutaba.
Aun así, tuve suerte durante un tiempo y me salieron encargos fotográficos por medio mundo. Incluso arrastrando el cansancio viajé por La República Democrática del Congo, Mozambique, Brasil, India, Noruega e Inglaterra. No sé cómo aguantaba esas palizas.
Cuando volvía a casa necesitaba un mes para recuperarme mínimamente. Menos mal que el trabajo de posproducción lo hacía sentado frente al ordenador, en mi propia casa. Eso era un alivio.

Fueron años complejos y difíciles. La enfermedad me mutó el cuerpo. Pasé de pesar sesenta kilos a engordar hasta los ochenta y tres. Mi cuerpo se deformaba. Siempre había sido un tipo delgado y ahora unas mollas espeluznantes asomaban al balcón de mi cintura. Y uno es coqueto por naturaleza, joder.
¿Tenía que enfrentarme a esa mutación? Pues bien que así sea -pensé- y empecé a experimentar con el autorretrato como terapia para el “autoreconocimiento”.
¿Quién era ese tipo que me miraba desde el espejo? ¿Quién era ese desconocido tan sospechosamente parecido a mi?
Me dejé una barba canosa que me envejecía mil años.
¿Estaba envejeciendo a marchas forzadas? Pues vamos a por todas. Si hay que hacer algo, hagámoslo bien.


Pero no resultó. ¿Por qué? Porque todo lo estaba haciendo desde la rabia y el rencor. No aceptaba a ese acompañante dolorosamente feo y enfermo. No aceptaba el tránsito por ese páramo, sobre todo porque no sabía qué terreno pisaba. Arenas movedizas. Tenía la sensación de haberme tragado, como Andrés Calamaro, una bolsa de cemento.
Algunos de los pocos amigos que iban quedando me soltaban frases tan afortunadas como: “Te estás poniendo hermoso, eh”.
Pero estuvo bien. Aprendí algo importante; nunca digas aquello que es evidente. Un gordo ya sabe que es gordo, un tuerto sabe que es tuerto y un enano también sabe que lo es, no les hace falta que se lo recuerdes.
Aprovechaba las noches de insomnio (que eran todas) para captar la versión más patética de mi mismo. Qué subidón!!!

Empecé a consumir drogas, muchas drogas. No daré el listado para que nadie se asuste y se me vaya del blog. Escuchaba música que empastaba con las drogas tan bien como la salsa tártara lo hace con el salmón a la plancha.

El tiempo me ha enseñado que la autocompasión no es buena terapia, aunque tampoco es malo atravesarla para darse cuenta de ello. Una vez conoces algo te puedes reír de ello.
¿Has caído en un pozo? Pues no te conformes con conocer la superficie. No busques la luz, busca la sombra y conócela de verdad. La auténtica esencia de un pozo está en el fondo, donde el lodo te emponzoña los pies. Tarde o temprano saldrás, amigo. O no, pero al otro lado nadie sabe lo que le espera. Estar vivo es un milagro. Tú eliges.

Afortunadamente hoy he alcanzado algo de paz, no toda pero la suficiente como para ver al ser que habité durante años sin juzgarlo, e incluso sintiendo un enorme respeto por él y por el trabajo que ha hecho.

Todavía no estoy curado. Tal vez no lo esté nunca, pero desde aquí contemplo un horizonte prometedor y me gusta compartirlo.


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