El otro día hablaba en un artículo sobre los límites. No volveré sobre el tema, tan sólo quiero compartir un nuevo ejemplo de límites bien aprovechados.
El tipo que váis a escuchar a continuación toca la guitarra con una sola cuerda (seguro que no tiene pasta para comprar las otras cinco) y, sin embargo, hace lo que hace.
Yo, la verdad, le daba un Grammy ahora mismo.
viernes, 31 de julio de 2015
La gota malaya
La gota malaya es una técnica de tortura consistente en
colocar al torturado en una habitación cerrada, tumbado boca arriba,
atado en sus extremidades y fijada su cabeza para que no pueda
girarla. El torturador deja caer constantemente, cada pocos segundos
y durante días, una gota sobre su frente, de manera que el torturado
no puede dormir y ni tan siquiera puede beber el agua que cae sobre él. Los efectos, a
muy corto plazo, son devastadores psicológicamente, produciéndose
incluso, en ciertas ocasiones, la muerte por paro cardíaco.
Pero no quiero hablar de técnicas de tortura, no vaya a
ser que a algún lector se le ocurra aplicarlas cuando llame a su
puerta, dada la situación económica que vivimos, el cobrador del
frac.
Quiero hablar sobre la queja (un tema muy interesante
que me propuso una amiga).
La queja, disciplina “deportiva” que todos practicamos
en nuestro día a día, funciona como la gota malaya. Tenemos una
variedad infinita de quejas.
Pondré algunos ejemplos:
- Mis vecinos son lo peor.
- Mi pareja no me escucha.
- Mi jefe me hace la vida imposible.
- Esta ciudad es una mierda.
- Los alimentos transgénicos van a acabar con nosotros.
- Nadie valora mi trabajo.
- Me están saliendo unos michelines horrorosos.
- La programación televisiva es espeluznante.
- Me gustaría ir a correr algún día, pero soy tan
perezoso.
- La culpa de todo la tiene Mariano Rajoy.
- La culpa de todo la tiene el FMI.
- Y bla, bla, bla, bla, bla...
No dudo que muchas de estas afirmaciones hasta pueden
ser ciertas, pero sé que la queja constante no va a cambiar aquello
que tanto nos molesta. La gota malaya nunca fue muy útil en nuestra
vida.
Existe otra variante de queja todavía más sutil ya que
pone todo el énfasis en un de futuro mejor que nunca llega.
Vamos a trabajar los mismos ejemplos anteriores:
- Si mis vecinos fueran mejores yo sería más feliz.
- Si mi pareja me escuchara nuestra relación
funcionaría mejor.
- Si mi jefe no me hiciera la vida imposible trabajaría
mejor.
- Si esta ciudad no fuera una mierda no estaría
pensando en emigrar.
- Si no existieran los alimentos transgénicos nuestra
alimentación sería más sana.
- Si valoraran mi trabajo iría con agrado a la oficina.
- Si no tuviera estos michelines no me detestaría.
- Si la televisión fuera mejor, todos tendríamos más
cultura.
- Si no fuera tan perezoso haría deporte.
- Si cambiara el gobierno todo iría mejor.
- Si nos cargáramos al FMI el planeta sería más
justo.
- Y bla, bla, bla, bla, bla...
- Y bla, bla, bla, bla, bla...
Entonces llega alguien y te hace preguntas:
-¿Por qué no hablas con los vecinos?
-¿Por qué no se lo comentas a tu pareja?
-¿Por qué no te reúnes con tu jefe?
-¿Por qué no emigras?
-¿Por qué no compras alimentos ecológicos?
- ¿Por qué no empiezas a correr?
-¿Por qué no desconectas la tele?
- Y bla, bla, bla ,bla, bla...
Y por arte de magia el “si” (“Si mis vecinos
fueran mejores...”), se convierte en un “Y si...” o un “Es
que...”. Es decir, la gota malaya sigue haciendo camino.
Veamos ejemplos:
-¿Y si hablo con mis vecinos y la cosa se pone peor?
-¿Y si hablo con mi pareja y no me hace caso?
-¿Y si me reúno con mi jefe y me despide?
-¿Y si me voy a Alemania y tampoco consigo trabajo?
-¿Y si empiezo a correr y me hago un esguince? Es que
hace tanto tiempo que no
corro.
- Y bla, bla, bla, bla, bla...
Es un hecho: la gota malaya cae sobre nuestra cabeza
todos los días. Lo que no sabemos es que el grifo que cierra ese
goteo incesante está al alcance de nuestra mano. Y ese grifo no
tiene forma de pensamiento, tiene forma de acción.
-Hablo con mis vecinos.
-Hablo con mi pareja.
-Hablo con mi jefe.
-Hago deporte.
-Como más sano.
-No veo tele basura.
- Y bla, bla, bla, bla, bla...
Todo cambio empieza en una acción.
Teorizar mola (que me lo digan a mi que estoy
escribiendo estas palabras), pero hacer mola mucho más. Eso sí: sin
esperar la recompensa deseada. Los resultados pueden llegar o no. Es
más; casi seguro que los cambios no serán los deseados porque
queremos que sean inmediatos, y en la vida las cosas suelen suceder
poco a poco (al menos en el tema de los michelines).
Sólo de nosotros dependerá no entrar en el bucle de:
“Lo ves, te lo había dicho...”.
Edison hizo 1.047 pruebas para inventar la bombilla eléctrica. Le explotaron todas hasta que llegó la 1.048. Esa no explotó.
Los ayudantes se marchaban frustrados ante los "fracasos".
Uno de esos ayudantes, cuando llevaban 1.000 intentos, le
preguntó:
-Sr. Edison, ¿no se siente frustrado ante tanto
fracaso?
Y Edison le contestó:
- En absoluto; ya sé 1.000 formas de cómo no hacer
funcionar una bombilla.
La queja es una elección.
La felicidad también.
jueves, 23 de julio de 2015
Patrones de conducta
Todos tenemos ideas, y es normal tener ideas.
Tenemos un cráneo que alberga un cerebro que, a su vez,
genera unas ideas.
Si los pulmones existen para respirar, el estómago para
digerir y los riñones para filtrar, el cerebro está para pensar,
para elaborar ideas. Eso está bien. Hasta aquí todo normal.
Pero me gustaría lanzar una pregunta sin ánimo de
ofender a nadie:
Si inspiramos y espiramos, si comemos y cagamos, si
bebemos y meamos, es decir; si adquirimos unas sustancias y nos
deshacemos de aquello que ya no nos sirve, ¿POR QUÉ ADQUIRIMOS
PENSAMIENTOS Y NO NOS DESHACEMOS DE LOS QUE YA NO NOS SIRVEN?
Repito: pensar está muy bien, ¿pero está bien
almacenar pensamientos durante toda la vida? Al almacenar
pensamientos, ¿no estaremos convirtiendo los pensamientos en
patrones de conducta? Y al convertir los pensamientos en patrones de
conducta, ¿no estaremos convirtiendo esos patrones en verdades
inamovibles? Y si la vida es movimiento, mutación, cambio constante,
¿no será que las verdades inamovibles, por su propia condición de
inamovibles, están muertas? Y si resulta que somos aquello que
pensamos (“pienso luego existo”), es decir; si nos identificamos
con nuestras verdades inamovibles ¿no será que estamos muertos?,
¿no será el planeta que habitamos un planeta de zombis?
Me gusta pensar en la etimología de las palabras. Un
patrón, por definición, es algo inamovible. Entonces, ¿qué es la
patronal? Podríamos decir que la patronal es aquello o son aquellos
que generan patrones, patrones sociales, ¿patrones de conducta? Pero
como la patronal nos da de comer, compramos sus patrones y cumplimos
un horario y una función claramente tipificada.
Lo sé; es rocambolesco. Pongamos que tan sólo fuera un
juego de palabras, ¿pero no encierra algo de verdad?
Alguien me podría decir: yo no atiendo a patrón
alguno, soy funcionario. Da lo mismo, el Estado es otra forma de
patronal porque también promueve patrones de comportamiento. Yo soy
anarquista- dirá otro. Da lo mismo, también es un patrón de
conducta, una creencia. Y toda creencia se consolida al tener un
contrario con el que enfrentarse. De ahí surgen las eternas
dualidades:
Cristianismo vs Islamismo.
Capitalismo vs Comunismo.
Machismo vs Feminismo.
Cocacola vs Pepsicola
Real Madrid vs FC Barcelona...
Y así hasta el infinito.
La pregunta es: ¿somos capaces de cuestionar al
patrón?, ¿somos capaces de cuestionar nuestros patrones de
pensamiento? Porque, ¿quién es el patrón de nuestros patrones (de
conducta), de nuestras creencias ? SOMOS NOSOTROS MISMOS.
¿Somos capaces de decirle al patrón de nuestros
pensamientos: ya no creo en ti, pongo en cuestión todo aquello que
me has hecho creer durante X años?
Tengo la creencia de que sí. Estoy convencido: somos
capaces de hacerlo. Pero es sólo una creencia.
La cuestión es: ¿Vamos a sustituir los viejos patrones
por otros nuevos? ¿Es eso realmente útil? ¿O tal vez podemos
abandonarnos a la famosa frase del viejo Sócrates: “Sólo sé que
no sé nada”, y desde ahí empezar a volar?
Los niños (y todos lo fuimos algún día), todavía no
tienen patrones de conducta, por eso cuando se enfadan se enfadan de
verdad, pero un instante después están jugando con la persona con
la que se enfadaron como si nada hubiera pasado. Los niños no tiene
ni patria ni bandera porque todo lo hacen desde el sentimiento, un
sentimiento inmaculado. Por eso propongo, queridos y queridas: ¿por
qué no sustituimos la rancia, trasnochada y apolillada expresión
cartesiana “pienso luego existo” por un feliz, libre y liviano
“siento luego existo”?
Yo no sé si las cosas irían mejor o peor. Además,
¿qué es mejor y qué es peor?
Lo que sí sé es que el ser humano tiene todas las
posibilidades al alcance de su mano.
Durante siglos, para los humanos, la tierra era plana.
Hoy no dudamos de su esfericidad. En el año 2537 tal vez, y sólo
tal vez, se rían de nosotros porque creerán que el planeta tierra
es helicoidal. Al final todo son creencias.
Podemos ser pioneros. Podemos ofrecer otros ángulos de
visión del mundo. Pero ojo; ¿estamos dispuestos a ser quemados,
aunque sea metafóricamente, en la hoguera? A Galileo casi lo queman.
“Y sin embargo se mueve”.
viernes, 17 de julio de 2015
El eterno diálogo
-Perdona...
-¿Tú te quieres?
-¿Hablas conmigo?
-Sí, ¿tú te quieres?
-¿Seguro que hablas conmigo?
-Completamente. ¿Tú te quieres?
-¿A qué te refieres?
-Me refiero a si te quieres.
-¿A quién?
-Me refiero a ti. Me refiero a si te quieres.
-¿Nos conocemos?
-Sí.
-No lo creo.
-¿Estás seguro?
-Completamente.
-¿Completamente seguro?
-No te he visto jamás.
-Yo creo que sí. ¿Te quieres?
-Sí, me quiero,claro que me quiero.
-¿Estás seguro?
-Sí, seguro, estoy seguro de que me quiero.
-¿Por qué te haces daño?
-¿Cómo?
-¿Por qué te haces daño?
-Yo no me hago daño.
-¿No te haces daño?
-¿A qué viene tanta pregunta?
-Curiosidad, te miro y...
-Pues no me mires.
-No puedo evitarlo...¿Por qué te haces daño?
-Yo no me hago daño.
-¿Tú crees?
-Desde luego.
-Ya.
-¿Quién te ha dado vela en este entierro?
-Tú.
-No te conozco.
-¿Estás seguro?
-Completamente. No te he visto en mi vida.
-¿En toda tu vida?
-No te he visto jamás. ¿A qué viene tanta pregunta?
-Curiosidad.
-¿Curiosidad?
-Sí, te miro y me produces curiosidad.
-Tú a mi no.
-No...qué.
-Tú a mi no me produces curiosidad.
-¿Por qué?
-Por qué, ¿qué?
-¿Por qué no te produzco curiosidad?
-No te conozco y no me interesas nada.
-¿Nada?
-Nada, no me interesas nada.
-¿Nada de nada?
-No me interesas lo más mínimo.
-Me pareció lo contrario.
-Pues te equivocas.
-Pues me pareció...
-Pues te equivocas.
-Está bien.
-Vale.
-Vale.
PAUSA
- Nos veremos.
-Lo dudo.
-Te espero mañana.
-No lo creo.
-Te espero mañana.
-¿Dónde?
-Donde siempre
-¿Dónde siempre?
-Sí, te espero mañana donde siempre.
-¿Dónde es donde siempre?
-Tú sabes dónde es donde siempre.
-No, no sé dónde es donde siempre.
-Yo creo que sí lo sabes.
-No tengo la más mínima idea.
-Te veo mañana.
-Piérdete.
-Hasta mañana.
-Largo.
-Adiós.
PD: Y el que quiera entender que entienda.
PD: Y el que quiera entender que entienda.
lunes, 13 de julio de 2015
Elogio de la utopía.
El 1 de diciembre de 1955 Rosa Parks se negó a ceder su
asiento del autobús a un hombre blanco. Sucedió en Montgomery
(Alabama). Fue encarcelada.
Como consecuencia de este suceso, Martin Luther King,
que encabezaba el Movimiento por los Derechos Civiles en Estados
Unidos, instó a toda la población afroamericana a dejar de usar el
transporte público, lo que supuso llevar casi a la quiebra al
servicio de autobuses de la ciudad y que, consecuentemente, esta
institución tuviera que abolir la ley que obligaba a la población
negra a ceder sus asientos a los blancos.
Nadie hasta la fecha creía en la posibilidad de una ley
que igualara en derechos a negros y blancos en Estados Unidos. Pero
sucedió.
Como este ejemplo hay muchos en la historia. Que estas
cosas sucedan tiene un nombre: Utopía.
Sí, las cosas suceden más allá de nuestra propia
voluntad. Cosas buenas y malas.
Pero, ¿qué es bueno y qué malo? Todo depende de quién
lo juzgue y, sobre todo, desde dónde lo juzgue. Si lo hacemos desde
nuestras creencias y convicciones más inamovibles, casi seguro que
el veredicto final sobre todo aquello que no sea idéntico a la
imagen mental que tenemos del mundo será malo, muy malo.
Si, por el contrario, observamos las cosas que suceden
desde la apertura mental a nuevas posibilidades, entonces todo (y
digo todo, hasta una enfermedad) se convierte en una posibilidad de
cambio, de evolución, de (re)evolución.
Me ha costado años llegar a este punto. Durante toda mi
vida había juzgado las cosas que nos limitan como algo malo. Pero
los límites no son necesariamente malos. Pondré un ejemplo:
Lars Von Trier, el director de cine danés, dirigió su
película “Europa” en 1991.
Antes de esta película ya había sido bastante elogiado
en algunos festivales, pero con “Europa” rompió moldes y se
convirtió en el director europeo más valorado. Le llovían ofertas
para trabajar donde quisiera con presupuestos astronómicos. Hasta le
llamaron de Hollywood. Podía haber dirigido su propia versión de
“La guerra de las galaxias” si así lo hubiera deseado.
¿Pero qué actitud tomó el bueno de Lars ante todo
este tsunami que se le venía encima? No aceptó ninguna propuesta.
Se encerró con unos amigos, también directores de cine, y fundaron,
tras una noche de borrachera, el movimiento Dogma 95.
El movimiento Dogma 95 redactó un decálogo en el que
se autoimponían límites a la hora de dirigir películas. Puede que
a muchas personas algunos de estos límites les parezcan absurdos,
como la prohibición de usar banda sonora o la imposición de llevar
la cámara al hombro en lugar de usar trípode.
Pero lo interesante de todo este asunto es que una
persona que tenía a sus pies a cualquier productor dispuesto a darle
millones para hacer lo que quisiera, en vez de usar ese poder, no
sólo lo rehusó, sino que además se autoimpuso límites para sus
propias películas. Es decir; cuando todo está al alcance de tu
mano, la realidad puede ser bastante mareante. Pero cuando la vida te pone
límites la imaginación adquiere un poder impresionante. Y si la
vida no te pone límites, como vemos en este caso, te los puedes
imponer tú mismo.
Jamás he visto personas con más limites que en
África, y jamás he visto gente con mayor imaginación para salir
adelante.
Trabajé en India fotografiando enfermos de lepra. Jamás
he visto mayor dignidad y determinación.
Sí, las cosas suceden más allá de nuestra voluntad.
Nadie pidió nacer aquí o allá. Nadie eligió su sexo y condición
al nacer. No está en nuestras manos el control de terremotos o
huracanes. Tampoco elegimos la enfermedad y, sin embargo, nos llega.
¿Pero por qué no creer en la utopía? ¿Por qué no pensar que
aquello que consideramos limitante puede ser una puerta abierta a
nuevas perspectivas sobre la realidad? ¿Por qué no creer que a lo
que hoy llaman crónico mañana le pueden llamar pasajero?
La utopía es el motor de la evolución, de la
revolución.
PD: No cito a los autores de las fotografías de Rosa Parks y Lars Von Trier porque lo desconozco y estaban en internet para su libre utilización.
PD: No cito a los autores de las fotografías de Rosa Parks y Lars Von Trier porque lo desconozco y estaban en internet para su libre utilización.
viernes, 10 de julio de 2015
¿Cómo empezó todo?
¿Cómo empezó todo? Es una buena pregunta: ¿Cómo
empezó todo?
No lo sé.
Para responder recurriré a unas palabras que un día
pronunció mi padre.
Mi padre era alcohólico. Pero ojo, que nadie se
confunda; un alcohólico no necesariamente tiene algo que ver con
Stanley Kowalski, el furioso e iracundo personaje que Marlon Brando
interpretaba en “Un tranvía llamado deseo” gritando a las
puertas de su casa: “Stellaaaaa, Stellaaaaa”.
No, mi padre era una de las personas más dulces,
inteligentes y empáticas que he conocido, sólo que le costaba
comunicarse.
Un día le pregunté:
- Padre: ¿Cómo llega uno a convertirse en alcohólico?
Él se lo pensó unos segundos y contestó:
- Poco a poco. Uno no sabe lo que está haciendo y un
buen día se ha convertido en otra persona.
Brillante respuesta. Qué cabrón. Yo, por entonces, era
demasiado joven como para aceptar que la vida sucede poco a poco.
Cuando uno es inmortal cree con devoción en la famosa frase de James
Dean: “Vive rápido, muere joven y harás un bonito cadáver”. La
inexperiencia es muy mala consejera.
Es cierto que hay enfermedades de contagio inmediato.
Puede tratarse de un virus, una bacteria o un hongo. Se te mete
dentro y te infecta. Punto.
La fibromialgia y el SFC, en mi particular opinión y
sin que sirva de doctrina, se generan poco a poco, como las
adicciones. Es cierto que un día tu cuerpo estalla, se quiebra y no
te puedes levantar de la cama, pero uno sabe que los síntomas venían
de tiempo atrás.
A los cuarenta años yo repetía mucho una frase: “Estoy
cansado de estar cansado”.
Lo recuerdo a la perfección: “Estoy cansado de estar
cansado”- repetía una y otra vez.
Lo que no sabía era que lo peor estaba por llegar.
Aquello no era más grande que los síntomas de una gripe.
Fue a los cuarenta y siete años cuando un buen día, al
amanecer, sentí como si me hubieran metido unas barras de hierro en
los brazos y en las piernas y no pudiera articularlos. Pensé que
estaba muriendo. De verdad, creí que estaba muriendo.
Llevaba años acudiendo a médicos que me hacían
analíticas donde todos los parámetros salían normales. Un
parámetro normal, para un médico, es una verdad universal e
indiscutible. Los médicos, salvo honrosas excepciones, son seres
bastante frustrados porque en la universidad soñaban con salvar al
mundo de la malaria y poco después de acabar la carrera vislumbraron
que no sabían más que recetar Nolotil y cosas por el estilo. Sí,
los médicos suelen ser seres muy frustrados, y la frustración
genera impotencia, la impotencia genera miedo y el miedo genera
rabia, y no hay nada peor que un médico rabioso, por mucho que
intente disimularlo. Os aseguro que tengo ejemplos a capazos para
demostrarlo.
Me inflaban a Nolotiles y a Pharmaton Complex. Nada
funcionaba.
Fui cayendo en un pozo oscuro desde donde tenía que
rechazar trabajos, reuniones con amigos, citas con mujeres, cines de
verano y casi cualquier tipo de contacto social, ya que mi cuerpo me
pedía descanso a todas horas. Por más tiempo que durmiera nunca era
suficiente.
¿Estaba deprimido?- me preguntaba. Pero no, aquello no
era producto de una depresión, aunque muy bien podía provocarla.
Además la eclosión definitiva de la enfermedad
coincidió con la quiebra de la bolsa norteamericana gracias a los
“honorables” hombres de Goldman Sachs y sus hipotecas basura,
germen de toda la crisis posterior.
Empezaba a escasear el trabajo, mi trabajo, aquello con
lo que yo más disfrutaba.
Aun así, tuve suerte durante un tiempo y me salieron
encargos fotográficos por medio mundo. Incluso arrastrando el
cansancio viajé por La República Democrática del Congo,
Mozambique, Brasil, India, Noruega e Inglaterra. No sé cómo
aguantaba esas palizas.
Cuando volvía a casa necesitaba un mes para recuperarme
mínimamente. Menos mal que el trabajo de posproducción lo hacía
sentado frente al ordenador, en mi propia casa. Eso era un alivio.
Fueron años complejos y difíciles. La enfermedad me
mutó el cuerpo. Pasé de pesar sesenta kilos a engordar hasta los
ochenta y tres. Mi cuerpo se deformaba. Siempre había sido un tipo
delgado y ahora unas mollas espeluznantes asomaban al balcón de mi
cintura. Y uno es coqueto por naturaleza, joder.
¿Tenía que enfrentarme a esa mutación? Pues bien que
así sea -pensé- y empecé a experimentar con el autorretrato como
terapia para el “autoreconocimiento”.
¿Quién era ese tipo que me miraba desde el espejo?
¿Quién era ese desconocido tan sospechosamente parecido a mi?
Me dejé una barba canosa que me envejecía mil años.
¿Estaba envejeciendo a marchas forzadas? Pues vamos a
por todas. Si hay que hacer algo, hagámoslo bien.
Pero no resultó. ¿Por qué? Porque todo lo estaba
haciendo desde la rabia y el rencor. No aceptaba a ese acompañante
dolorosamente feo y enfermo. No aceptaba el tránsito por ese páramo,
sobre todo porque no sabía qué terreno pisaba. Arenas movedizas.
Tenía la sensación de haberme tragado, como Andrés Calamaro, una
bolsa de cemento.
Algunos de los pocos amigos que iban quedando me
soltaban frases tan afortunadas como: “Te estás poniendo hermoso,
eh”.
Pero estuvo bien. Aprendí algo importante; nunca digas
aquello que es evidente. Un gordo ya sabe que es gordo, un tuerto
sabe que es tuerto y un enano también sabe que lo es, no les hace
falta que se lo recuerdes.
Aprovechaba las noches de insomnio (que eran todas) para
captar la versión más patética de mi mismo. Qué subidón!!!
Empecé a consumir drogas, muchas drogas. No daré el
listado para que nadie se asuste y se me vaya del blog.
Escuchaba música que empastaba con las drogas tan bien como la salsa
tártara lo hace con el salmón a la plancha.
El tiempo me ha enseñado que la autocompasión no es
buena terapia, aunque tampoco es malo atravesarla para darse cuenta
de ello. Una vez conoces algo te puedes reír de ello.
¿Has caído en un pozo? Pues no te conformes con
conocer la superficie. No busques la luz, busca la sombra y conócela
de verdad. La auténtica esencia de un pozo está en el fondo, donde
el lodo te emponzoña los pies. Tarde o temprano saldrás, amigo. O
no, pero al otro lado nadie sabe lo que le espera. Estar vivo es un
milagro. Tú eliges.
Afortunadamente hoy he alcanzado algo de paz, no toda
pero la suficiente como para ver al ser que habité durante años sin
juzgarlo, e incluso sintiendo un enorme respeto por él y por el
trabajo que ha hecho.
Todavía no estoy curado. Tal vez no lo esté nunca,
pero desde aquí contemplo un horizonte prometedor y me gusta
compartirlo.
jueves, 9 de julio de 2015
Lo crónico no existe.
No creo en la palabra crónico. Todo aquello que
escuchamos en demasía acaba anestesiándonos y dejamos de confiar en
su existencia. A mi me pasó con la palabra Dios y con la palabra
crónico.
Crecí en una
familia de profundas convicciones católicas. Dios estaba muy
presente en el aroma diario,
y ese aroma llegó a ser tan empalagoso como el perfume de una
persona
a la que
dejaste de amar hace años.
Un día tuve que matar a Dios (cosa que ya había hecho Nietzsche
muchos años antes, aunque yo, en ese momento, me sentí especial y
único).
Lo mismo me sucedió
con la palabra crónico. Han sido tantos los médicos que la han
pronunciado, que finalmente empecé a sospechar que la cronicidad era
una palabra inventada por ellos para salir del paso ante lo
inexplicable.
Lo crónico y Dios se parecen mucho si pensamos en que
ambas cosas carecen de explicación lógica. Así que en Dios y en lo
crónico, o crees o no crees. Es una cuestión de fe y yo carezco de
ella, aunque en el tema de Dios podría tener, en mi caso y a día de
hoy, muchos matices. De eso ya hablaré algún día..
Me llamo Jordi. Tengo cincuenta y un años y estoy
diagnosticado de fibromialgia y Síndrome de Fatiga Crónica (SFC).
Toda aquella persona
que haya pasado o esté pasando por ello sabrá el tortuoso camino
que se recorre antes de que alguien, un médico, diga las palabras
mágicas: “Usted podría
tener fibromialgia”.
Observe el lector la
sutíl construcción de la frase: “Usted podría
tener fibromialgia”. La importancia está en el condicional. Ningún
médico se moja del todo a la hora de diagnosticar una enfermedad que
todavía está en el oscuro catálogo de las enfermedades “raras”.
La fibromialgia y el
Síndrome de Fatiga Crónica tienen unas consecuencias devastadoras
para la persona que lo sufre. Los síntomas son innumerables pero
resumiendo serían los siguientes:
- Agotamiento
permanente que no se pasa con el descanso nocturno (es más, te
levantas mucho más cansado de lo que te acostaste la noche
anterior).
- Dolor articular
constante (en mi caso sobre todo en las grandes articulaciones;
hombros y caderas, aunque también cervicales, lumbares, codos,
tobillos...etc).
- Insomnio.
- Ansiedad.
- Depresión.
- Problemas
intestinales como estreñimiento y diarrea (y no es contradictorio,
os aseguro que sucede)
- Urticaria.
- Migrañas.
- Entumecimiento
muscular.
- Falta de
concentración.
- Visión borrosa.
- Hormigueo en manos y
pies...etc, etc, etc.
La fibromialgia es una
enfermedad que te va minando lenta pero inexorablemente.
Aunque parezca
paradójico, el día en el que ponen nombre a todo aquello que
sientes hace años y nadie ha sabido explicar es
un momento feliz.
Al menos puedes nombrarlo, porque lo
que no
se puede nombrar no existe.
“Primero fue el
verbo” - dice la Biblia. A mi la Biblia me parece un libro
fascinante y muy recomendable tanto para creyentes como para ateos.
Está lleno de metáforas magníficas que hacen alusión a temas
universales.
“Primero fue el
verbo”- es decir, todo aquello que no se puede nombrar no existe.
Toda persona que tiene unos síntomas en su cuerpo o en
su mente que determinan su día a día, transformándolo en un
infierno, está deseando ponerle un nombre a esos síntomas. Es como
tener un hijo y no poder llamarlo. Da igual el nombre en sí, la
cuestión es poder articular unas sílabas para identificar aquello a
lo que amas, en el caso de un hijo o aquello que detestas, en el caso
de una enfermedad. El nombre es lo de menos. Pedro, Juan, Jennifer...
qué más da.
Fibromialgia, Sindrome de Fatiga Crónica...qué más
da.
Por mi le podían haber llamado Jennifer y lo hubiera
comprado con la misma pasión.
-“¿Sabéis qué?-
me han detectado un Jennifer”-
hubiera gritado a los cuatro vientos.
-“Joder, ¿un
Jennifer?”- hubieran contestado familiares y amigos- “¿Qué coño
es un Jennifer?
Y yo lo hubiera explicado todo con datos concretos
porque el Jennifer (o el Jenny, si hay confianza) se podría
cuantificar, medir, explicar.
Pero qué difícil es expresar a familiares y amigos lo
que es vivir con un dolor constante y un agotamiento que no te
permite levantarte de la cama, un día, otro día, y otro
día...durante años, y con la incertidumbre de si durará para
siempre.
Cuando hablaba de ello (y digo hablaba porque ya no lo hago) escuché respuestas de todo tipo:
“Ufff, yo también
estoy cansado. Es el cambio brusco
de temperatura”.
“Eso es que estás
estresado”.
“Siempre has sido un
hipocondríaco”.
“¿Has probado las
flores de Bach?”.
“¿Has probado con
la acupuntura?”.
“¿Has probado la
cúrcuma? Es un antiinflamatorio muy eficaz”.
“No será para
tanto”
“Estás hecho una
chanca”.
“Eso se pasa con un
fin de semana sin salir de la cama”.
“Pero si tú eres
superdeportista”
“Eso es por los
radicales libres”
“Cuanto más pienses
en ello más te dolerá”
“Eso se te pasa con
un buen polvo”
“Ay, pues yo ya no sé
qué decirte”.
Y así podría seguir hasta completar un libro de mil
páginas.
Han sido muy malos momentos, probablemente los peores
años de mi vida, pero si me han traído hasta aquí sería una
injusticia no extraer conclusiones positivas de todo ello.
Hace un tiempo leí un libro escrito por una persona que
sufría fibromialgia. Fue terrible, y por ello no daré el título.
El libro no era más que un vómito de rabia y desesperanza ante la
enfermedad. No lo critico. Entiendo perfectamente que alguien que
sufre fibromialgia o SFC sienta esa necesidad. Cuando nadie te
escucha, cuando nadie te cree, lanzar palabras de rabia al viento de
unas páginas puede ser un exorcismo muy valioso, aunque momentáneo
y sin soluciones. Cada uno construye sus propias herramientas de
supervivencia. Yo también tuve la necesidad de escribir un blog o
una web o lo que fuera donde poder gritar mi impotencia y mi dolor.
Pero me alegra no haberlo hecho. Hoy puedo escribir desde otro
ángulo, desde otra perspectiva, porque no creo en la palabra crónico
y sí creo estar preparado para demostrar que de esta enfermedad se
puede salir o, al menos, minimizar tanto los síntomas que puedas
llevar una vida “normal”.
Pero, ¿qué es normal en esta vida? De eso, como de
Dios, también hablaré otro día.
Lo que sí quiero dejar muy claro es que este blog no va
a hablar sólo de enfermedad. No; este blog va a hablar de vida, de
mi vida, tan parecida y tan diferente a la de tantas otras personas,
tan parecida y tan diferente a la tuya.
Espero que a alguien le pueda ser útil.
Bienvenidos/as.
PD: La fotografía que ilustra este post es un
autorretrato que me hice hace unos dos años sobre el que dibujó una
magnífica ilustradora, ceramista y otras tantas cosas: Patossa.
Junto a Patossa formé un tándem creativo que duró un
tiempo. Nos hicimos llamar Pic to Pic, pero de eso también hablaré
otro día.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)







