miércoles, 12 de agosto de 2015

Guardar silencio

Todo acontecimiento sucede en el silencio primigenio, como todo objeto necesita un vacío que ocupar para existir.
Toda nota musical necesita un silencio anterior y uno posterior para poder ser nota musical.
Podría escribir kilómetros sobre la necesidad del silencio, un silencio que, por otro lado, muchas veces, lo confieso, yo tampoco consigo. No todo lo que sé logro experimentarlo. ¿Por qué? Porque lo sé desde el intelecto, no desde la experiencia.
No es lo mismo pensar que lo sabes que saberlo.
El intelecto, la comprensión intelectual, es un verdadero impedimento para poder vivir en plenitud. La mente sirve para organizar (por ejemplo, los pasos a dar para hacer un huevo frito), pero es una trampa si se pone a juzgar (por ejemplo, cómo me ha salido el anterior huevo frito).

Si un jugador de baloncesto, cada vez que lanza un triple, se parase a pensar en cómo mover la muñeca para trazar una parábola teniendo en cuenta la fuerza de la gravedad y la presión atmosférica del entorno, no encestaría ni una. Es más, no tendría tiempo de lanzar el balón porque el defensor se le echaría encima. Los jugadores profesionales de baloncesto lanzan sin pensar. Unas veces aciertan y otras no. Sólo lanzan porque saben que saben hacerlo. Lo hacen desde el silencio del intelecto. Lo hacen desde el presente del instante. No hay otra.

Como Morféo le dice a Neo en “Matrix”: “No pienses en golpearme y golpéame”.

Contaré un cuento que una vez escuché no recuerdo dónde. Creo que clarificará mejor el papel del silencio. Estoy hablando demasiado desde el intelecto.

Erase una vez un monje que quería alcanzar la iluminación (vaya, como todos los monjes y, en algún caso, como los que no somos monjes). Tal era la necesidad de alcanzarla que se pasaba el día llamando a Dios y le decía:

Dios mío te llamo a todas horas, pero Tú no me contestas. Te llamo en las montañas y en los valles. Te llamo al despertar y al acostarme. Te llamo en las comidas y en los ayunos. Te llamo mientras trabajo el huerto. Te llamo mientras atiendo a los enfermos, pero aquí estoy sin recibir ninguna señal tuya.

El monje estuvo lustros llamando a Dios. Envejeció llamando a Dios.

Tras muchos años de intentarlo, llegó un día en que el monje perdió toda esperanza y renunció a escuchar la voz de Dios.
Ese mismo día, mientras fregaba los platos, Dios se presentó en la cocina del monasterio.

El monje le increpó:

Oh, Dios mío: ¿por qué no contestabas? Te he llamado a todas horas durante años. Te llamaba insistentemente, pero Tú me ignorabas. No paraba de llamar, pero Tú no me hacías caso.

Entonces Dios le contestó:

Sí, yo también te llamaba, pero estabas siempre comunicando”.


Podría seguir hablando sobre el silencio pero, ¿para qué?

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