Todo acontecimiento sucede en el silencio primigenio,
como todo objeto necesita un vacío que ocupar para existir.
Toda nota musical necesita un silencio anterior y uno
posterior para poder ser nota musical.
Podría escribir kilómetros sobre la necesidad del
silencio, un silencio que, por otro lado, muchas veces, lo confieso,
yo tampoco consigo. No todo lo que sé logro experimentarlo. ¿Por
qué? Porque lo sé desde el intelecto, no desde la experiencia.
No es lo mismo pensar que lo sabes que saberlo.
El intelecto, la comprensión intelectual, es un
verdadero impedimento para poder vivir en plenitud. La mente sirve
para organizar (por ejemplo, los pasos a dar para hacer un huevo
frito), pero es una trampa si se pone a juzgar (por ejemplo, cómo me
ha salido el anterior huevo frito).
Si un jugador de baloncesto, cada vez que lanza un
triple, se parase a pensar en cómo mover la muñeca para trazar una
parábola teniendo en cuenta la fuerza de la gravedad y la presión
atmosférica del entorno, no encestaría ni una. Es más, no tendría
tiempo de lanzar el balón porque el defensor se le echaría encima.
Los jugadores profesionales de baloncesto lanzan sin pensar. Unas
veces aciertan y otras no. Sólo lanzan porque saben que saben
hacerlo. Lo hacen desde el silencio del intelecto. Lo hacen desde el
presente del instante. No hay otra.
Como Morféo le dice a Neo en “Matrix”: “No
pienses en golpearme y golpéame”.
Contaré un cuento que una vez escuché no recuerdo
dónde. Creo que clarificará mejor el papel del silencio. Estoy
hablando demasiado desde el intelecto.
“Erase una vez un monje que quería alcanzar la
iluminación (vaya, como todos los monjes y, en algún caso, como los
que no somos monjes). Tal era la necesidad de alcanzarla que se
pasaba el día llamando a Dios y le decía:
Dios mío te llamo a todas horas, pero Tú no me
contestas. Te llamo en las montañas y en los valles. Te llamo al
despertar y al acostarme. Te llamo en las comidas y en los ayunos. Te
llamo mientras trabajo el huerto. Te llamo mientras atiendo a los
enfermos, pero aquí estoy sin recibir ninguna señal tuya.
El monje estuvo lustros llamando a Dios. Envejeció
llamando a Dios.
Tras muchos años de intentarlo, llegó un día en
que el monje perdió toda esperanza y renunció a escuchar la voz de
Dios.
Ese mismo día, mientras fregaba los platos, Dios
se presentó en la cocina del monasterio.
El monje le increpó:
Oh, Dios mío: ¿por qué no contestabas? Te he
llamado a todas horas durante años. Te llamaba insistentemente, pero
Tú me ignorabas. No paraba de llamar, pero Tú no me hacías caso.
Entonces Dios le contestó:
Sí, yo también te llamaba, pero estabas siempre
comunicando”.
Podría seguir hablando sobre el silencio pero, ¿para
qué?

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