Creo que ya lo dije un día, pero me reafirmo: La vida
es un sistema de espejos. Cada persona que tenemos enfrente es un
lugar donde mirarnos y encontrar aquello que somos, no por lo que
dice de nosotros (lo cual no son más que opiniones basadas en
creencias), sino por aquello que dice pensar sobre la existencia, el
universo, las relaciones...etc. En algunas de estas opiniones nos
veremos reflejados y en otras no. Y al final todas ellas, unas y
otras, resultan ser falsas porque las juzgamos desde la tiranía
miedosa de nuestro ego, y eso produce mucha risa.
Todos forjamos ciertas opiniones sobre lo que nos rodea
y tendemos a etiquetarlo de manera que armamos un esquema ideológico
en el cual nos movemos creyéndolo cierto e inamovible. Vendría a
ser nuestro mapa con el que andar por la vida. Cuando alguien pone en
cuestión el mapa que hemos ido trazando día a día reaccionamos más
o menos airadamente, según el estado de ánimo del momento o según
lo férreas que sean nuestra creencias.
Cuando era un jovencito arrogante, cosa que algunos
dicen sigo siendo (arrogante, no jovencito), reaccionaba muy
bruscamente cuando alguien me movía el mapa. Pero el tiempo me ha
ido amansando y me ha hecho comprender que el mapa no es el
territorio, y que soy yo el que construye el territorio desde la
verdad de mi alma y no desde las creencias de mi cerebro.
Tanto el hacer como el no hacer construye un territorio.
Desde la acción construimos territorios vivos, desde la pasividad
construimos desiertos. Y yo, que soy un urbanita nato, si me dan a
elegir, me quedo con la huerta antes que con el desierto. Intento
estar en la acción más que en la pasividad sea cual sea mi estado
físico o mental.
Cuando uno tiene fibromialgia nunca sabe cómo se va a
levantar. Lo normal es que las mañanas sean lo peor. Levantarse de
la cama puede ser algo así como subir el Everest sin ayuda de
oxígeno y con una mochila de 150 kilos a la espalda.
Pero a pesar de todos los condicionantes, uno puede
elegir la acción. Eso sí, la acción coherente con lo que tu cuerpo
y tu mente puedan dar ese día. Eso es lo más difícil, distinguir
la delgada linea roja que separa lo que puedes hacer de lo que crees
que puedes hacer.
Yo he llegado a nadar cincuenta piscinas algunos días
en los que debería haberme quedado en la cama. Y entonces...¿por
qué lo hacía? Porque el ego me empujaba a hacer aquello que,
evidentemente, no podía. La consecuencia de esas cincuenta piscinas
eran tres días en la cama sin poder mover ni las pestañas.
El ego es muy traicionero, y su tendencia es engañarnos.
Hoy me he levantado muy cansado. Es uno de esos días en
los que, como mucho, podré terminar este escrito y poco más. Ayer
me tuve que tomar dos antihistamínicos porque la urticaria (asociada
muchas veces a la fibromialgia) me atacó por todo el cuerpo. Tomar
antihistamínicos te alivia en una hora todo el escozor de la
urticaria, pero también te garantiza que al día siguiente serás un
zombi. Y aquí me tenéis, hecho un zombi, intentando dar sentido a
este escrito que pretendía hablar sobre el optimismo.
Si algo me ha demostrado esta enfermedad es que yo, que
me consideraba un nihilista oscuro y de vuelta de todo, soy un
optimista irreductible. Vaya sorpresa.
He conocido muchas personas que están atravesando su
camino “fibromiálgico”. Unas lo llevan con dignidad y cierta
alegría, pero muchas se abandonan a la no acción. He visto madres
que lloraban amargamente por no poder jugar con sus hijos pequeños,
he conocido personas que renunciaban a su profesión, que ejercían
con pasión, porque el cuerpo no les daba para moverse. He conocido
mucho dolor y también he conocido mucha fuerza vital dentro de la
debilidad física. La tristeza, el rencor o la rabia dentro de las
dificultades, no son más que opciones. La alegría, la felicidad y
la serenidad también lo son. Me quedo con ellas.
Toda dificultad implica una toma de decisión, una toma
de consciencia, una toma de tierra.
Antes de la fibromialgia, y esto mis amigos lo saben
bien, siempre me movía en bicicleta por mi ciudad. No importaba si
llovía o si los termómetros marcaban cuarenta grados a la sombra.
Llegué a tener cinco bicicletas diferentes. Siempre dije que cada
bicicleta estaba diseñada para un estado de ánimo, y cada estado de
ánimo te pedía un ritmo diferente.
Llegó un momento en el que no podía ni pedalear encima de mi
bicicleta más ligera. Había que tomar una decisión. Y la decisión
fue tomada. Vendí todas mis bicis menos una de ellas, la más
polivalente. Me la quedé por si algún día podía pedalear de
nuevo. Además el dinero me vino bien porque llevaba más de un año
sin poder trabajar y los autónomos no tenemos paro ni baja de ningún
tipo.
Pero entonces, ¿cómo me iba a mover? Hacía
veinte años que la bicicleta era mi forma de transporte habitual y
caminar más de cien metros me resultaba imposible.
Valoré el uso del transporte público pero mi cansancio
era tal que no me permitía ni llegar a la parada del autobús.
Valoré ir en taxi a todos lados, pero mi capacidad económica me lo
impedía. Valoré ir en coche, pero también lo tuve que vender para
sacar el dinero con el que pagar mi vida cotidiana y la medicina
privada, ya que la pública no me daba soluciones.
Y por fin vino la respuesta: con lo que obtuve de vender
el coche tenía dinero suficiente para comprarme una moto de segunda
mano que me llevara a todos lados y aún me sobraba para ahorrar.
Hacía treinta y dos años que no me subía en una moto.
Con dieciocho años tuve un accidente que casi me cuesta la vida. Me
extirparon el bazo y tuve una rehabilitación lenta y costosa. Desde
el accidente, las motos se prohibieron en casa de mis padres. Además
les agarré un pánico incontrolable. Pero aún así era tentador
intentarlo de nuevo. Desde pequeño siempre me gustaron las motos. Mi
abuela me contaba que, siendo un bebé, me agitaba en sus brazos cada
vez que veía una aparcada y no paraba hasta que me subía en ella.
No sé si será algo genético. Mi bisabuelo y mi abuelo
era pilotos “profesionales”. Mi bisabuelo fue representante de la
marca Indian (una moto mítica que no sé si sigue fabricandose).
El caso es que me compré una moto.
La primera semana la dediqué a sentarme sobre ella y
dar vueltas entre las columnas de mi garaje. Salir a la calle no era
una opción, pero la rendición tampoco lo era. La segunda semana, de
madrugada, cuando el tráfico era casi inexistente empecé a dar
vueltas por el barrio, tan sólo unas pocas vueltas a la manzana.
A día de hoy llevo ya dos años con mi moto y hasta me
atrevo a salir a la carretera con ella.
¿Soy un optimista recalcitrante si pienso que la
enfermedad trae cosas buenas como recuperar la sensación de libertad
sobre una motocicleta? ¿Soy un iluso? ¿Soy un ingenuo? ¿Soy un
soñador? Es posible, pero encontrar el para qué suceden las
cosas me parece un ejercicio de salud mental importantísimo en la
recuperación de la salud física. Y en este caso un para qué
he enfermado podría obtener como respuesta: Para superar uno de
mis miedos y volver a subir a una moto.
Los miedos continuados nos enferman, pero de ese tema
hablaré otro día. Hoy estoy demasiado cansado y no quiero cruzar la
delgada linea roja que separa lo que quiero hacer de lo que puedo
hacer.
Me voy a tumbar un rato. Por la tarde me daré una
vuelta en moto para sentir el viento en la cara, el viento que me
recuerda que soy libre para elegir la paz, la fe y la serenidad
aunque haya dolor y fatiga.


